
El motivo de estas líneas es plasmar mis pensamientos sobre algunos hechos referentes al origen de la Guerra del Pacífico. Escribo a título propio, personal, no represento a nada ni nadie, excepto, como ya dije anteriormente, a mi propia persona.
Lo primero que puedo mencionar es que a pesar que muchos digan lo contrario, Chile en un principio no deseaba la guerra, fue la obstinación y la testarudez de la dirigencia boliviana lo que hizo que la sangre llegara al río, o mejor dicho al mar. Si, a pesar de no contar con armada o ejército a la altura de las circunstacias, Boliva amenazaba con desencadenar la guerra alegremente confiada ilusoriamente en que si se llegaba a ello tendría el apoyo de EE. UU., Argentina y Perú.
Alún después de ocupar Chile militarmente la provincia del Litoral el 14 de febrero de 1879, cuya población era mayoratoriamente chilena y recibieron a los invasores como héroes, las puertas de una salida negociada a través de una mediación norteamericana estaban abiertas, claro, con algunas condiciones impuestas por Chile que a mi parecer eran justas y hubieran evitado todo el descalabro posterior, pues hasta ese momento el pais del sur se conformaba con el territorio boliviano ubicado hasta el paralelo 25, es decir con la mitad de toda la costa de la provincia del Litoral, pero no gratuitamente, sino luego de un arbitraje norteamericano que debería dilucidar si ese territorio pertenecía a Chile o Bolivia (en virtud de una disputa que databa de 1840), y si fallaba a favor de los del altiplano deberían fijar un monto que Chile debería pagar a Bolivia para quedarse con ese territorio. Sin embargo, Bolivia, influenciada por Perú, no aceptó llevando su intransigencia al extremo. Lo llamo intransigencia pues siendo yo Bolivia, sin armada, sin ejército, totalmente alejado del mar por la cordillera y teniendo en mi costa a muchos ciudadanos chilenos y amenazado militarmente, pues vendo esa mitad, pero no, la razón, evitar a toda costa dar a Chile un pedazo de la torta del guano y el salitre. Perú, digo, Bolivia se negó, prefirieron la guerra en condiciones desventajosas y Chile sacó a relucir toda su ambición, dijeron en sus mentes algo así como: “ no quisieron convidarme un poquito pues ahora les quitó todo”, y se quedó con la provincia del Litoral boliviano y la provincia peruana de Tarapacá, es decir con todo el guano y salitre existente. Lo de Tacna y Arica era para ser destinada a Bolivia para evitar su enclaustramiento, pero de nuevo la intransigencia boliviana, fundada en un supuesto apoyo de EE.UU y Perú, y la cobardía traducida en traición de Iglesias que firmó un acuerdo con Chile sin tomar en cuenta a Bolivia, con el auspicio y visto bueno de EE.UU., encerreraron definitavemente a Bolivia en los confines del altiplano.
Alún después de ocupar Chile militarmente la provincia del Litoral el 14 de febrero de 1879, cuya población era mayoratoriamente chilena y recibieron a los invasores como héroes, las puertas de una salida negociada a través de una mediación norteamericana estaban abiertas, claro, con algunas condiciones impuestas por Chile que a mi parecer eran justas y hubieran evitado todo el descalabro posterior, pues hasta ese momento el pais del sur se conformaba con el territorio boliviano ubicado hasta el paralelo 25, es decir con la mitad de toda la costa de la provincia del Litoral, pero no gratuitamente, sino luego de un arbitraje norteamericano que debería dilucidar si ese territorio pertenecía a Chile o Bolivia (en virtud de una disputa que databa de 1840), y si fallaba a favor de los del altiplano deberían fijar un monto que Chile debería pagar a Bolivia para quedarse con ese territorio. Sin embargo, Bolivia, influenciada por Perú, no aceptó llevando su intransigencia al extremo. Lo llamo intransigencia pues siendo yo Bolivia, sin armada, sin ejército, totalmente alejado del mar por la cordillera y teniendo en mi costa a muchos ciudadanos chilenos y amenazado militarmente, pues vendo esa mitad, pero no, la razón, evitar a toda costa dar a Chile un pedazo de la torta del guano y el salitre. Perú, digo, Bolivia se negó, prefirieron la guerra en condiciones desventajosas y Chile sacó a relucir toda su ambición, dijeron en sus mentes algo así como: “ no quisieron convidarme un poquito pues ahora les quitó todo”, y se quedó con la provincia del Litoral boliviano y la provincia peruana de Tarapacá, es decir con todo el guano y salitre existente. Lo de Tacna y Arica era para ser destinada a Bolivia para evitar su enclaustramiento, pero de nuevo la intransigencia boliviana, fundada en un supuesto apoyo de EE.UU y Perú, y la cobardía traducida en traición de Iglesias que firmó un acuerdo con Chile sin tomar en cuenta a Bolivia, con el auspicio y visto bueno de EE.UU., encerreraron definitavemente a Bolivia en los confines del altiplano.
Resumiendo, esta historia deja las siguientes moralejas:
Moraleja 1: sólo puedo confiar en mi y en mis capacidades.
Moraleja 2: si concluyo que no puedo competir, trato de negociar sin pelear.
Moraleja 3: si ya perdí, no puedo confiar ni en mis mejores amigos.
